A partir del orden cosmológico pagano, en el que el tiempo cíclico y la fortuna determinan las variaciones de las cosas, Maquiavelo, aprovecha la narración histórica de Tito Livio, elevando a la condición de mitos cuatro acontecimientos específicos de la tradición política romana: la fundación, la caída de la monarquía, el ascenso de la aristocracia y la rebelión popular. Constituidos como acontecimientos sagrados, por encima de la objetividad histórica, los apuntala como la base de creencias sobre la cual una comunidad sostiene la legitimidad de la institucionalidad de lo que él concibe como la "república mixta". Consecuentemente, el orden político más adecuado para conseguir la coexistencia entre rivales, la conservación de la libertad ciudadana junto con la capacidad de soportar las vicisitudes, es el producto de la virtud humana sacralizada en su lucha por dominar a la diosa Fortuna.
Palabras clave: maquiavelo, mito, paganismo, fortuna y virtud, republicanismo.
Maquiavelo (1469-1527), es el escritor del orden por excelencia, es un perfecto geómetra, un representante de la ratio típica del Renacimiento. Su obra está organizada a la manera de un proyecto arquitectónico, ordenando en una totalidad la compleja trama del pensamiento y del lenguaje mismo; en una palabra, en el logos. El pensamiento político de Maquiavelo y el proceso mismo de su argumentación, sigue una lógica fundada ante todo en indicaciones causales. Esta lógica no sólo comprende la persuasión, sino que expresa un deseo de ordenar los acontecimientos, hechos, acciones y decisiones al interior de un diseño muy preciso. Sin embargo, el tema del orden político en su obra está estrechamente conectado a una raíz más vasta, la cual debe buscarse en el ámbito cosmológico y antropológico; es el orden de la naturaleza, el kosmos, aquello que no parece dejar nada al arbitrio o a la libertad, aquello que señala el camino de la humanidad mediante el ritmo cíclico de la eterna repetición de la historia.
Por ello, ¿habrá que decir que las cosas, en el plano político, son incalculables, a diferencia de London Journal of Research in Humanities and Social Sciences las del mundo físico, y que el mundo humano y social está gobernado por el azar? La experiencia le había enseñado al florentino que hasta el mejor consejo político resulta a veces ineficaz. Las cosas siguen su propio curso y desbaratan todos nuestros deseos y propósitos. Vivimos en un mundo inconstante, irregular y caprichoso, desafiante de todo esfuerzo por calcular y predecir. Por mucho que la tradición moderna haya querido darle cierta intención científica al pensamiento de Maquiavelo, la forma como organiza sus ideas está aún en medio de la transición entre la mentalidad medieval y la moderna, pero al encontrarse con la inestabilidad del accionar político, su explicación sobre el origen del Estado y, en especial, de la autoridad poco o nada podía hallar en las fuentes tradicionales, ni siquiera en las tesis más arriesgadas, como la de los antipapistas Marsilio de Padua (1275/80-1342/43 aprox.) o el divino Dante (1265-1321). En realidad, estas posturas no pasaban de renovar las tesis aristotélicas dirigidas a promover la prioridad del poder temporal y a limitar los alcances de la autoridad pontificia en los asuntos humanos.
Maquiavelo no pretendía confrontarse ni con la tradición imperial, ni con la eclesiástica, ni estar en pugna con los poderes fácticos de su tiempo; su interés se dirigía a justificar el acceso al poder de un usurpador, como se deduce en su Príncipe (1513). Justificación que muestra la necesidad de la violencia sin ningún reparo moral, valorando los crímenes cometidos por Agátocles o por César Borgia, como acciones eficaces cuyo resultado debe medirse porque ha dado acceso o le ha permitido conservar el poder al tirano. 1 Si bien, en su obra más compleja, los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio (1519), 2 no abandona esta visión del todo, avanza un paso en la tarea de estructurar las instituciones más allá de la personalidad del príncipe, buscando la 2 Véase, Maquiavelo, Nicolás. Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, trad. Ana Martínez Arancón (Madrid, Alianza, 1987). Se ha cotejado esta edición con Machiavelli, Niccolò, Discorsi sopra la Prima Deca di Tito Livio, en Tutte le Opere (Firenze, Bompiani, 2018). articulación maquinal y eficiente de una organización política, la cual no sea exclusivamente el resultado del capricho o la volubilidad del gobernante. Es decir, la mayor preocupación de Maquiavelo en los Discursos se centra en el paso de la situación inestable de una tiranía a un orden institucional y duradero. Por consiguiente, en esta obra el florentino trata de establecer los factores que transforman la fuerza tiránica, impositiva y personal en una fuerza institucional, persuasiva y participativa.
De ahí que el florentino necesite acudir al mito o a la tradición pagana como base de un relato, donde las antiguas creencias paganas sirvan para sacralizar ciertos acontecimientos sobre los que se funda y se hace posible la vida política. Eleva así hechos especiales de la historia política de Roma contada por Tito Livio al carácter de sagrados, conduciendo al gobernado a aceptar la autoridad del gobernante, en tanto persuaden al gobernante a reconocer los deseos de los gobernados; convirtiéndose ese orden de creencias en el trasfondo que acompaña al funcionamiento dinámico de las leyes, a su obediencia sin coacción, a la realización de ciertas prácticas, a la celebración armónica de rituales que se escenifican entre los dominadores y los dominados, conformando un orden común, un cosmos, sobre el que se cimenta la cotidianidad de la vida civil.
Un momento inicial, una mutación o un cambio que se remonta en el tiempo a los orígenes, no es un tiempo físico, sino un tiempo donde se produce la "transformación" y la "acumulación", es la anakyklosis, el ciclo dentro del cual todos los regímenes políticos están obligados a vivir. Tal como lo expusiera Polibio y lo repitiera Cicerón: las formas puras siempre se corrompen, la monarquía degenera en tiranía, la aristocracia en oligarquía, la república en democracia. 3 El deterioro o la corrupción es cuestión de tiempo.
Lo puro se hace impuro y viceversa. El tiempo cíclico era parte de la racionalidad griega y romana, sin embargo, su origen se radicaba en las más arraigadas creencias de la antigüedad religiosa; en él se verificaba la perduración de los valores humanos, así como también su desaparición y su decadencia. Maquiavelo encuentra en esta concepción cosmológica del tiempo, la clave del ascenso y degeneración de los regímenes políticos, un sistema de determinación de las etapas de crecimiento, decadencia y renovación de la comunidad humana. 4 Al interior de esa temporalidad se construye el accionar político, pero éste estaría determinado por dos factores, uno eminentemente mitológico, la diosa Fortuna; y el otro, la Virtud, una realidad moral a la que Maquiavelo le da un significado completamente novedoso: el de la habilidad, la prudencia o el cálculo poseído por un sujeto. 5 Digamos que fortuna y virtud son desde la perspectiva del discurso maquiaveliano, dos principios de realidad determinantes de todas las actividades humanas, en especial, las del gobernante y, sin duda, las del pueblo. Ambas son dos condiciones con las cuales todo hombre debe contar siempre.
Desde El Príncipe, Maquiavelo ha hecho de la virtud una cualidad puramente humana, consistente en la capacidad o la habilidad que desarrolla un determinado ser humano o un pueblo para hacer, mejorar o conservar una situación que le favorece; mientras que la fortuna hace parte del capricho, lo impensado, el error que escapa al plan perfecto concebido por virtuosas mentes y manos humanas. De esa manera, la relación virtud-fortuna, puede traducirse como el conflicto contenido en todo plan racional, incapaz de desprenderse nunca de lo irracional. Allí radica la astucia del hombre político: contar siempre con la fortuna y anticiparse a ella en tanto sea posible. En El Príncipe, Maquiavelo comparaba a la fortuna con 5 Véase, José María González García, Someter la ocasión, domar la fortuna, en Roberto R. Aramayo, José Luis Villacañas (comp.), La Herencia de Maquiavelo, (México, Fondo de Cultura Económica, 1999), p.318 y ss. una imagen prejuiciosa y común de la época sobre la mujer, considerándola indomable y caprichosa, por lo que la acción de la virtud consistiría en aprender a dominarla, castigarla si es preciso y someterla. 6 Pero ningún hombre, ni el más virtuoso, está en condiciones de evitar lo inevitable. La fortuna se encuentra en el tiempo, se presenta en un momento determinado, en una ocasión propicia. 7 Nadie podrá tener la capacidad de predecirla en forma absoluta; saber aprovechar el instante favorable, no es simplemente una cuestión de habilidad y atención. Escapada la ocasión, se pierde el favor de la fortuna. Visto así, la divina Fortuna constituye el límite de lo humano, permite o impide el desarrollo del acontecer, pero corresponde a la capacidad humana saber reconocerla y aprender a adaptarse a sus variaciones, impidiendo al accionar político quedar a merced de la incertidumbre y, a su vez, le permite estar en condiciones de calcular el menor perjuicio ante el mayor riesgo a enfrentar. Dentro de esta estructura cosmológica (anakyklosis-virtud-fortuna) Maquiavelo sitúa el acontecer mítico que brinda a la república su origen sagrado y el espíritu de su sentido. Aprovechando la narración de Tito Livio, el florentino toma cuatro momentos de la historia romana, en los cuales irrumpe como un valor necesario el régimen republicano amparado por la Fortuna. Estos momentos heroicos están precedidos, obviamente, por el mito de la fundación de la gran urbe; seguido por el mito de la crisis y decadencia del régimen monárquico, en el cual a su vez se gesta el mito de la reforma del Estado y, finalmente, culmina con el mito de la rebelión popular. Acontecimientos sacralizados, estos marcan los hitos del cambio de la fortuna en cada régimen, empero, siempre precedidos por un signo distintivo fundamental: el crimen impune elevado a sacrificio de una víctima, símbolo del surgimiento de un nuevo orden.
Ahora bien, debemos destacarlo desde el principio: Maquiavelo se propone romper con el fatalismo de la tradición latina. Su intención consiste en hacer de tales mitos medios creadores London Journal of Research in Humanities and Social Sciences de un nuevo modelo de república mixta, es decir, un artificio humano con el cual el hombre somete los caprichos de la Fortuna y evita con ello el cumplimiento inevitable del fatum que le corresponde a todo organismo vivo, incluyendo el organismo político. Así, el florentino considera a la voluntad humana suficientemente capaz de crear los mecanismos necesarios para prolongar o renovar la vida civil, siendo así la cosmología y la mitología pagana sólo partes de ese artificio político y su pretensión es adaptarlas a semejante modelo ideal y con ello a las exigencias de la política florentina contemporánea.
Sin plantearse la posibilidad del origen divino o natural de la autoridad, Maquiavelo se lanza en busca de un argumento legitimador del momento inicial del artificio político, pero, contrario a lo que se podría pensar, no encuentra la solución en un hecho histórico primigenio por sí solo. Si bien la violencia mediante la cual un hombre o un grupo de hombres se impone a otros, por sí misma puede explicar la fundación del Estado, incluso puede ser asumida desde la teoría como una razón suficiente, no obstante ese crimen como hecho simple y puro difícilmente puede ser aceptado por la mayoría si no se le da el revestimiento apropiado, una forma de legitimidad, o sea, un cierto carácter sagrado que haga de ese preciso acto de violencia un hecho excepcional. 8 De esta forma, el acto violento protagonizado por Rómulo, el asesinato de su hermano Remo, podía pasar por ser el sacrificio necesario para dar comienzo a la "vida civil" romana. Era el crimen irreprochable en tanto fuera, como lo llama con precisión Harvey C. Mansfield, una "acción extraordinaria", un acontecimiento cuya ausencia haría imposible cimentar el orden en un reino o constituir una república. 9 Pero, ¿quién o qué determina que ese hecho extraordinario devenga en un acontecimiento necesario? Al mismo tiempo, ¿cómo consigue ese hecho convertirse en extraordinario o ser diferente a cualquier otro crimen de los cometidos por un hombre ambicioso en su camino al poder? ¿En qué momento tal crimen deja de ser percibido como un acto que atenta contra un individuo en concreto o un grupo social, para pasar a convertirse en un mito o en el principio de una historia sagrada del origen o identidad de la vida política?
En ese orden de ideas, es posible observar cómo el florentino encuentra coincidencia entre la situación de la fundación de una república con las necesidades que enfrenta un príncipe nuevo: la obligación de exterminar a los enemigos del orden nuevo y por lo cual en el momento de la fundación requiere más que nunca del uso de la violencia. 10 Pero, como hemos dicho antes, tal violencia en sí misma no es más que un crimen común. Si seguimos a W. Benjamin en su teoría sobre la violencia, el origen del Estado exige un acto violento, sin duda, pero éste debe estar revestido de unas condiciones, generalmente, ausentes en el acto mismo, sólo recibiendo sus atributos como resultado de los efectos producidos por dicho acto. 11 El crimen fundador debe corresponder al acto de un ser sobrenatural o un privilegiado de los dioses, por ejemplo Rómulo, un hombre divinizado o un héroe cuyos atributos lo determinan para ser el fundador de Roma. Causa externa desde la cual se hace posible que la acción primigenia de la vida política sea al mismo tiempo, única, excepcional, ejemplar y legítima.
Si examinamos la versión en la que se apoya Maquiavelo, es decir, la obra histórica de Tito Livio, encontraremos allí el relato de Rómulo y Remo, caracterizados por ser ambos iniciados en la ciencia augural; por lo tanto, ambos están en capacidad de pedir a los dioses la revelación de 11 Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia, trad. Marco Aurelio Sandoval, (México, Premia editora, 1978), p. 43 y ss. Daniel Arenas Vives, El crimen en el pensamiento político de Maquiavelo y de Tucídides, en Roberto R. Aramayo, José Luis Villacañas (Comp.), La herencia de Maquiavelo, (México, Fondo de Cultura Económica, 1998), pp. 105-132. quién tendría el privilegio de dar nombre y regir la nueva ciudad mediante la interpretación del vuelo de las aves. "Dícese que Remo -ubicado en el monte Aventino -recibió primero los augurios: constituíanlos seis buitres". 12 Pero en el monte Palatino, Rómulo vio doce y así lo anunció de inmediato. La rivalidad llevó al combate entre los seguidores de uno y otro caudillo hasta que "en la acometida cayó muerto Remo". Sin embargo, Tito Livio no contento con esta suerte de versión histórica, acude de inmediato a la tradición, donde se describe de manera más dramática el suceso: "Remo saltó por juego las nuevas murallas que Rómulo había construido, y enfurecido éste, le mató, exclamando: «así perezca todo aquel que se atreva a saltar mis murallas»". 13 Un elemento significativo cambia entre el primer relato el cual se antoja histórico, frente al tradicional que se sustenta en la leyenda. El primero constata el hecho de la muerte de Remo como producto de la casi obvia disputa sostenida por los seguidores de la víctima contra la voluntad de Rómulo; la segunda, eminentemente mítica, exhibe ante todo un cambio, a saber: el fin del certamen, los gemelos no pueden decidir la primogenitura, compiten en todo hasta decidirse la fundación mediante los augurios. Como no es claro quién es el ganador, Rómulo se adelanta a construir la ciudad y a imponer el orden simbolizado con el surco sagrado. Ya no compiten, sin embargo, Remo no parece darse por enterado, no asume las nuevas reglas con seriedad, por eso transgrede el surco: "saltó por juego las nuevas murallas". Mas, por el contrario, Rómulo asume la transgresión de su hermano como un desafío y lo mata, pero lo hace más que para finalizar el juego y afirmar la derrota definitiva de Remo, para poner en acción las nuevas reglas y mostrar su poder a los súbditos a través de los principios constitutivos, cuyo 13 Tito Livio, Historia Romana. Primera Década, L I 7. (La cursiva es mía). 12 Véase, Tito Livio, Historia Romana. Primera Década, est. Francisco Montes de Oca, (México, Porrúa, 2013), Lib. I 7. Cotejada con Tito Livio, Ab Urbe Condita Lib. I-III (el texto en latín de la edición bilingüe de https://kupdf. net/download/tito-livio-ab-urbe-condita-libri-i-iii-historia-d e-roma-desde-su-fundacion_5a0b0885e2b6f5170301e8b4_p df#). Última consulta, 04/02/2023. sustento radica ahora en su condición sobrenatural. 14 Si seguimos la narración de estos hechos en el viejo y ameno estudio de Foustel de Coulanges, La Ciudad Antigua, podemos observar que la primera tarea realizada por un fundador era la de elegir el sitio de la nueva población. Elección que no se hacía sin un sentido, pues de ella dependía la "suerte" (fortuna) del pueblo, dejando esa decisión a los dioses. Llegado el día de la fundación, Rómulo ofrece un sacrificio, coloca en el mismo sitio un altar y enciende allí el fuego sagrado, así instituye el hogar de la ciudad. Alrededor de este hogar debe edificarse la población y fija mediante un estricto ritual un surco, la marca del recinto. 15 Trazada aquella cerca, ésta era inviolable y no tenían derecho a atravesarla ni los ciudadanos ni los extraños. Saltar por encima de aquel pequeño surco, como se dice hizo Remo, era un acto de impiedad, cuyo resultado sería la muerte para todos aquellos que intentaran imitarlo. Mas a fin de que se pudiese entrar y salir en la población fue preciso interrumpir el surco en algunos parajes, para lo cual Rómulo levantó en alto y porteó, por decirlo así, la reja o las puertas de la población. Detrás del surco sagrado se construyeron las murallas, siendo también consideradas sagradas, no pudiendo tocarlas nadie sin el permiso de los pontífices. Allí no se podría cultivar ni edificar, mientras el rito de la fundación se celebraría todos los años. 16 En esta forma el ritual aseguraba la memoria del acto extraordinario, lo reactualizaba de generación en generación y mantenía vigente lo real y significativo del mito. El mito de la fundación, si bien representa el final del certamen donde compiten los rivales por el puro gusto de ganar, en este caso es el principio de unas nuevas reglas de juego; las mismas que,según la tesis del origen lúdico de la cultura, defendida por J. Huizinga -, impone un ganador, eliminando definitivamente a su rival y creando para las generaciones subsiguientes una nueva forma de jugar o de convivir socialmente. 17 Haciendo uso de este mito fundador de Roma, Maquiavelo reafirma en los Discursos la idea que había expuesto en El Príncipe, respecto al gobernante nuevo, esto es: si éste aspira a superar las acciones de un tirano temporal, pasajero, cuya base de sustento radica en la fuerza, debe conseguir que su acto excepcional se convierta en el pilar de una sociedad estable. Pero a diferencia de lo señalado en El Príncipe, se añade un paso más: para conseguir la duración de su acción, debe hacer trascender su acto criminal, esto es, debe superar el daño individual o sectario cometido contra sus dominados y beneficiar a la mayoría de sus partidarios y, a medio camino, también a los que apoyaban a la víctima. Su poder debe pasar de la fuerza a la creencia, y este paso se consigue en el momento mismo donde la comisión del crimen es exhibido como un acto de superioridad lúdica, un triunfo sobre el competidor. Lo cual, como señalara el mencionado Huizinga, reviste en héroe al que en otro contexto sería un criminal; de inmediato se le recubre de prestigio y honor por sus seguidores, mientras los vencidos se llenan de temor y sentimiento de inferioridad. 18 Así las cosas, el fundador es un hombre excepcional, un privilegiado de los dioses como Rómulo, recibe el don de interpretar los auspicios -por ello, posee la autoritas -y el poder de transmitirlos a la primera institución derivada de esta acción profética, el Senado. Los auspicios de la tradición romana, se transforman en la mayor posesión del fundador de la nueva ciudad, según la visión de Maquiavelo, constituyen su capacidad excepcional por la cual devienen sus acciones en autoritas, en buen augurio o en crecimiento, empresa, promesa de un aumento o mejoramiento del Estado. Punto donde se produce la concordia o la aceptación de su mando por todos los umori en conflicto, pues el éxito, la buena fortuna del fundador se transmite de éste al 18 J. Huizinga, Homo ludens, p. 73. 17 Véase, Johan Huizinga, Homo ludens, trad. Eugenio Imaz, (Madrid, Alianza, 2000), p. 72. grupo, siendo por ello mismo la instauración de un nuevo orden capaz de anular el caos inicial. 19
Se le podría objetar a esta tesis de la causalidad mítica del Estado propuesta por Maquiavelo, que la muerte de Remo no fue el único ni el último crimen cometido por Rómulo en su camino por asegurar el reconocimiento de su autoridad sobre el pueblo romano, aunque sin duda llegó a ser el más significativo en la formación de esa tradición. Su efecto se extendió hasta convertirse en el paradigma de otros crímenes aparentemente ordinarios, los cuales aspiraban a trocarse en símbolos del cambio; por ejemplo, el caso del crimen cometido contra Lucrecia y su posterior suicidio, en principio no permitía imaginar las consecuencias políticas radicales que traería. Era un asunto privado, pero también representaba la gota que colmaría el vaso de la paciencia de los aristócratas, pues en realidad el cúmulo de injusticias y atropellos cometidos directa o indirectamente por Lucio Tarquino el Soberbio y su familia, apenas requería del motivo más leve para incitar la revuelta. 20 En el mito de la fundación de Roma, Rómulo hizo gala de su generosidad instaurando una autoridad (autoritas) y un mando (imperium), distribuyén dolos entre el Senado y el Rey. Pero con el ascenso al poder de Tarquino el Soberbio estamos ante un usurpador. Éste no recibió su título ni de los Padres, como los cinco primeros reyes, ni del pueblo, como su predecesor Servio Tulio, ni de algún privilegio misterioso que le brindara un tono mítico a su proceder o, por lo menos, a través de un artificio legal. El ascenso al poder lo logró, exclusivamente, por la violencia de las armas. Sin embargo, este factor no era impedimento para ejercer el mando con cierta legitimidad, sobre todo si lo acompañaba la fortuna o el éxito. Lo cual le hubiera llevado a lo sumo a conseguir el respeto de los romanos, pues su virtù consistía en poseer habilidad para la guerra y las conquistas. Desde ese punto de vista, Lucio Tarquino hacía honor a Roma. Mas comete dos crímenes contra la moral cívica: el primero, realizado contra el jefe de los latinos, Turno; el segundo, la rendición deshonesta de la ciudad de Gabinia. En el caso de Turno, Tarquino identifica a un potencial rival. Después de una desavenencia surgida como producto de un reclamo del rey latino al haber llegado tarde a una reunión citada en el bosque sagrado de la diosa Ferentina, Turno abandona la asamblea y Tarquino ofendido, «juró interiormente sacrificar a Turno». 21 A través de una serie de artimañas logra acusarlo de complotar contra su vida y contra los jefes de otras ciudades, probando la veracidad de su acusación en el momento de allanar la casa de Turno; allí encuentran una cantidad de armas suficientes para demostrar lo dicho por Tarquino. La indignación se generaliza y la asamblea, sin darle tiempo a defenderse, condena a muerte a Turno, arrojando su cabeza a las aguas Terentinas, le echan encima un zarzo cargado de piedras. 22 Nuevamente el crimen parecía ser de aquellos favorecidos por la diosa Fortuna, pues Tarquino al conseguir la condena y muerte de Turno reforzaba sin ningún obstáculo los convenios realizados en el pasado con los latinos por los reyes que le antecedieron.
El segundo hecho consistió en que Gabinia, una ciudad latina, se resistió a los ataques de Tarquino. Obligado a renunciar a su pretensión, Tarquino decide emplear «la astucia y la perfidia, medios indignos de un capitán romano». 23 Con su hijo Sexto aparentan haber discutido, por lo cual aquél busca refugio entre sus enemigos en Gabinia. Consigue ganarse la confianza de los principales de la ciudad hasta obtener finalmente la autoridad absoluta sobre ellos. Una vez en el mando, envía un mensajero a su padre a fin de ser instruido sobre lo que debe hacer a partir de ese momento. Éste no le envía órdenes expresas, sino una serie de signos misteriosos. Sexto comprende de inmediato el deseo de su padre, iniciando un período de terror y persecución contra sus enemigos. Distribuye los bienes de los muertos y desterrados entre el pueblo; y un buen día, cuenta Tito Livio, privada de jefes y de fuerza, Gabinia «cayó sin luchar en poder del rey romano». 24 Según la interpretación de G. Dumezil, en el episodio de Turno, ocurrido en tiempos de paz, considera que Tarquino viola tres principios: una acusación mentirosa sostenida mediante pruebas trucadas; después el sostenimiento de su imperium a través de juegos engañosos y las cínicas felicitaciones que les da después de tomar su decisión; y por último, la ejecución de Turno la cual resulta ser inusual -"un nuevo género de suplicio" -, particularmente cruel y probablemente sacrílego. 25 En el segundo hecho, la toma de Gabinia, sigue el mismo orden moral, pero esta vez lo transgredido no son las costumbres familiares, sino la moral heroica, la militar: el guerrero vence al enemigo por medios poco honorables, fraude ac dolo (astucia y picardía), cayendo la ciudad en sus manos sin lucha, como consecuencia de una monumental y deshonesta traición. 26 Por su parte, Maquiavelo destaca la violación de Lucrecia como un crimen contra la moral sexual, el cual constituye el vínculo y la cima de los dos anteriores. 27 Los crímenes, el cometido contra Turno y contra los gabinos, afectaban a la tradición y la moral pública. Sin duda eran más importantes para la conservación de los principios del Estado que el cometido contra Lucrecia, empero éste señalaba el camino de la decadencia del régimen de los reyes. Tarquino el Soberbio, según dice Tito Livio, desconoció al Senado, no acudiendo ni a su consejo ni a su autorización para iniciar la guerra, ajustar tratados o romper alianzas y se apoyó en extranjeros para someter a sus súbditos. 28 Tal relación de crímenes cometida por Lucio Tarquino aunada a la indiferencia con que los ciudadanos romanos los iban dejando pasar impunes, de algún modo constituía no sólo el debilitamiento de la autoritas romana, sino el mayor síntoma de la corrupción reinante al interior de la monarquía romana.
Maquiavelo destaca esto último especialmente, pues ante las perfidias de Tarquino el Soberbio, los patricios sólo reaccionaron cuando ocurrió un crimen no político. Es decir, los optimates sólo actuaron consecuentemente con su función de guardianes de las costumbres, cuando uno de ellos, Bruto, disimulando su deseo personal de venganza, hace del símbolo de la moral mancillada, el medio idóneo para conseguir despertar la indignación de los nobles. Les recuerda su condición de optimates y con ello el servicio que le deben a la ciudad. Se recupera así la importancia de la tradición y de los valores morales, el carácter sagrado de la fundación, por encima del crecimiento o el fortalecimiento político y militar de la ciudad. 29 Aún más, como se ha señalado, al restablecerse la sacralidad de los principios, esto es, al producirse una nueva división y delegación del imperium y la autoritas entre los cónsules y el Senado, se recupera el sentido del mito de la fundación junto con la creación del derecho. Lo cual significaba la renuncia del tirano a sus intereses particulares, marcando en ello la legitimidad de su cargo en beneficio del interés común. Dichas acciones señalaban la distancia formal entre una grosera tiranía y la legítima monarquía. Por ello, los hechos ocurridos con Lucio Tarquino y su hijo Sexto, no podían tomar el mismo camino, pues aunque de algún modo acrecentaron el poder de Roma sobre otros pueblos, en el crimen contra Lucrecia pusieron de manifiesto su mayor defecto: el beneficio personal del gobernante, el signo distintivo del tirano. De ahí la reacción de los patricios, la necesidad de derogar una institución como la de los reyes, cuya "peligrosidad" se manifestaba en la tendencia a concentrar todo el poder en una sola cabeza sin ningún tipo de límites religiosos, morales o legales. Evidentemente, Lucrecia fue la víctima propiciatoria de la caída de la monarquía, su muerte simbolizó la decadencia del viejo régimen, el fin de un ciclo, mas no lograba representar el 29 Véase especialmente Tito Livio, Historia Romana. Primera Década, Lb. II, 1; Maquiavelo, Discursos, Lb. I, 20, pp. 89-90. comienzo de uno nuevo; por tanto, se requería de otro sacrificio.
Maquiavelo lee entre líneas a Tito Livio y observa cómo en realidad cuando se estableció el consulado, se expulsó el nombre de los reyes, pero no su imperium o poder de mando. Se continuó con la ceremonia del sacrificio, el cual únicamente el rey podía organizar para conmemorar la muerte violenta de Remo. 30 El consulado mantenía los viejos nombres como una forma de conservar vivas las antiguas costumbres, en la cuales, dice H. Mansfield, persiste la idea de que "el sacrificio es el retorno de los dones valiosos por los más valorados dones". 31 Así, en la república romana las leyes dirigidas a retornar a los principios de la organización política, tenían como fin oponerse a la ambición e insolencia de los hombres que aspiraban a la tiranía. Pero esto no sucedía por ley, sino por la oposición de un ciudadano virtuoso. Éste debía esforzarse con total energía por ejercer la virtù contra el poder de aquellos que habían transgredido la libertad. Así, Bruto representaba para la república ese "ciudadano" capaz de infundir vida a las nuevas órdenes con su enérgica oposición. Bruto es para Maquiavelo "el padre de la libertad romana", 32 y lo es porque posee unas cualidades especiales muy diferentes a las atribuidas a Rómulo. Es, según el florentino, "ante todo un hombre prudente que ha sabido disimular su inteligencia y sus ambiciones hasta el último momento". 33 No estamos ante un hombre privilegiado por los dioses, ni tiene facultades especiales, pero posee la cualidad política más valorada por Maquiavelo, a saber: el disimulo y la audacia. En efecto, la violencia con que Bruto mata a sus hijos es comparable al homicidio tiránico de tal y ha sido sacralizado. Siendo así, el caso de Bruto tiene motivos de sobra justificables, pues sus hijos pretendían traicionarlo con el fin de recuperar los privilegios otrora otorgados por la antigua monarquía, lo cual los hacía merecedores de castigo. Pero, al adjetivar Maquiavelo este hecho como "severo", le brinda a tal homicidio el carácter de grandeza y sacrificio ejemplar. 34 Maquiavelo ratifica su apreciación al señalar que cuando se produce un "cambio de estado", sea en república o tiranía, es necesaria "una ejecución memorable contra los enemigos de las condiciones presentes", así deviene el nuevo príncipe en fundador de la nueva forma de libertad. 35 Igual a lo ocurrido con el homicidio de Rómulo, se excusa y se transforma el crimen tornándose en hecho extraordinario, en mito, no por la inmediata credibilidad de los gobernados, sino por la fuerza del ejecutante, quien coacciona al pueblo a compartir la necesidad de esa injusticia como necesaria para la propia supervivencia del cuerpo social. Sobre esa capacidad coercitiva, o sea, bajo el temor de los gobernados, surge la creencia en la bondad y la suficiencia de bondad en el acto extraordinario realizado por un hombre como Bruto.
Tal es el sentido que deduce Maquiavelo de este hecho, desde el cual enuncia una especie de regla general para la conservación del Estado por parte del reformador, así dice: "quien instaura una tiranía y no mata a Bruto, o instaura un estado libre y no mata a los hijos de Bruto, se mantiene poco tiempo". 36 Sea entonces una tiranía o un Estado libre, se exige desde este punto de vista a la pragmática política, rapidez y eficacia en la toma de decisiones por parte del nuevo gobernante con aspiraciones de largo alcance; pero, esa capacidad de decisión sólo se concreta cuando el hecho se hace memorable. Por lo tanto, es necesario transformar ese acto en mito, en creencia vital compartida tanto por las instituciones como por los gobernados, es decir, deviene en tradición sagrada. A tal punto llega, como señala el florentino, que los príncipes "empiezan a perder la corona en el mismo instante en que comienzan a transgredir las leyes y las normas antiguas?" 37 , y también cuando dejan de respetar las tradiciones con las cuales los hombres se han mantenido por largo tiempo.
Las acciones de Bruto, según el análisis de Maquiavelo, abren el mito en dos direcciones: la del rebelde aprovechando una infracción del fuero privado, como la cometida por los Tarquinos contra Lucrecia, convirtiendo el delito en un hecho excepcional capaz de producir un efecto político marcando, en este caso, el fin del ciclo del régimen monárquico. Y, con el crimen sobre sus hijos, Bruto deviene en reformador, haciendo de ese hecho extraordinario la oportunidad de supuestamente volver a restablecer los principios fundadores de la ciudadanía bajo el amparo de la moral aristocrática. He aquí cómo, aparte de retomar el drama de la muerte de los hijos de Bruto, según la descripción de Tito Livio, Maquiavelo no enfatiza en la objetividad del bien público, sino en su condición sagrada, en el símbolo representativo de la idea de "patria", la cual debe despertar las más íntimas emociones y la seguridad en los ciudadanos de "que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad." 38 En efecto, Maquiavelo no comprende la tradición como inmovilidad, sino como recurso de renovación de las instituciones cuando el propio mito está en peligro, cuando se presenta una crisis de legitimidad por una amenaza externa o por los extremismos de algún sector social o de algún gobernante inclinado a darle prioridad a sus ambiciones. Son los acontecimientos indicativos de que la autoridad sagrada del Estado debe reformarse de la misma forma, mediante una nueva figura mítica: tirano, dictador o legislador, pero en todo caso gracias a un hombre o unos hombres excepcionales. Tal hombre debe actuar en proporción a los acontecimientos extraordinarios, ya sea aparentando retornar a la condición más sagrada del Estado, con la intención de seducir y dominar a los gobernados; ya efectivamente retornando a los principios o tradiciones constitutivas de la vida política en las cuales descansan las convicciones más íntimas de los ciudadanos.
Los anteriores relatos plasman la situación de una clase gobernante que hasta ahora no se ha visto constreñida a requerir del apoyo del pueblo. Éste apenas ha sido utilizado, como diría Claude Lefort, como objeto sobre el cual recae la autoridad del monarca, en la forma "del padre que debe golpear a sus hijos"; o como hacen los optimates atrayéndolo a su causa, dejándolo actuar en tumulto, con la esperanza de ser reconocidos como padres por la plebe. 39 Sin embargo, conscientes los patricios de su propia superioridad, pero también de la volubilidad de los dominados, casi inmediatamente con la caída de la monarquía, deciden mostrarle a la plebe signos exteriores de apertura y libertad, tratan de ocultar la desigualdad social y buscan mitigar los deseos de venganza que mantenía el pueblo contra sus abusos.
La aristocracia concibe así una política de simulación dirigida a manipular la multitud en dos formas: por una parte, haciéndola su aliada en las empresas militares que surgen, ora como invasores, prometiéndole pingües ganancias, ora en guerras de defensa, bajo el temor de la invasión de una fuerza exterior; y por otra, mediante el clientelismo, es decir, haciendo de la protección económica de los patricios un medio para someter a los pequeños propietarios y agricultores a través de préstamos con elevados intereses. De esas prácticas surge una estrategia, la de ahogar con la usura a los deudores, a tal extremo que los acreedores al ver impagados sus créditos, presionan al Senado para emitir leyes de embargo, expropiación y hasta de prisión contra los deudores o sus hijos. 40 Cuando esta presión se generaliza, la inconformidad y la resistencia también empieza a manifestarse de manera cada vez más frecuente mediante intrigas y conjuras, desestabilizando la república. 41 Y cuando el conflicto amenaza con estallar, los patricios, a través de los cónsules, hacen lo necesario para organizar una guerra; o, por suerte, surge una nueva amenaza exterior, viéndose las partes obligadas a ceder sus pretensiones internas, aplazándolas mientras se resuelve el conflicto externo. Pasado el peligro, los asuntos internos retoman su curso y la lucha entre los grandes y la plebe continúa dirimiéndose con la mediación del Senado y la ley, quienes favorecen generalmente a los más poderosos. 42 Para Maquiavelo esta rivalidad entre las clases constituye el motor de la república, le permite conservarse y reactualizarse. 43 Sin embargo, comprende también la peligrosidad de este juego basado en la contradicción de las pasiones sociales. Requiere para su cohesión y duración de unas reglas equitativas y claras, permitiéndole a la clase gobernante mantener ciertos derechos y privilegios; pero del mismo modo concibe la idea de otorgar a los gobernados la oportunidad de alcanzar los medios necesarios para resistir y resarcirse de los atropellos de los poderosos.
Según la narración de Tito Livio, estas reglas de juego relativamente equitativas fueron un logro histórico de la plebe, la cual después de la victoria en la triple guerra exterior sostenida por Roma contra los volscos, los sabinos y los equos, un soldado, Lucio Sicinio Dentato, impulsa a una parte de ellos a abandonar la Urbe, trasladándose al monte Sacro, 44 negándose a obedecer las leyes de la ciudad. Temerosos ante esta abierta rebelión, el Senado envía a un plebeyo, Menenio Agripa, como mediador. Éste consigue convencerlos mediante argucias retóricas y un acuerdo por el cual se crea una nueva institución, los tribunos del pueblo, excluyendo toda posibilidad de permitir a los patricios aspirar a esa magistratura.
Sin duda, este acontecimiento simbolizaba el reconocimiento del pueblo como sujeto político de la república, sin embargo, el hecho en sí mismo no parece haber tenido suficiente relevancia, ni para el historiador paduano ni para el secretario florentino, como para ser elevado al nivel de una acción sagrada. Quizá se debió a que una vez pasado el peligro, apaciguados los ánimos de la plebe, los patricios, en general, y los optimates miembros del Senado volvieron a sus andadas, es decir, la manipulación de la plebe o el flagrante desconocimiento de la autoridad de sus tribunos. Así, se reanudaron las tensiones entre patricios y plebeyos, pero las tácticas por aparentar un orden de libertades en beneficio de los dominados, permitió introducir la discusión sobre el problema de las deudas y la propuesta de ley agraria. Y, aunque en el fondo, los nobles siempre se las arreglaron para evitar la ejecución o el cumplimiento de esta ley, 45 he aquí, en ese juego de simulaciones, el Senado aparentando apertura, convino en enviar a Grecia una misión a fin de adoptar normas propias de la democracia ateniense. De este modo, al retorno de dicha misión, con el fin de implementar esas novedades jurídicas, el Senado y el pueblo aceptaron nombrar una especie de asamblea constituyente, en cabeza de diez hombres, cuya tarea fue la de implementar esa normatividad en una especie de código, de donde saldría aquella institución que conocemos en la tradición del derecho romano como la Ley de las XII Tablas (451-450 a.C).
Mientras esta comisión de expertos, conocidos como los decenviros, trabajaba en la redacción de las nuevas leyes, gracias a la habilidad de quien los encabezaba, Apio, aristócrata y hábil orador, consigue seducir al pueblo. En breve, se repetirían las arbitrariedades de Tarquino el Soberbio: se escamotea la autoritas del Senado y el imperium de los cónsules, así como se anula la conquistada potestas de los tribunos del pueblo. El decenvirato, de este modo, terminaría trocándose de una dictadura legal en una dictadura de facto. Pronto van apareciendo en el relato de Tito Livio 45 Tito Livio, Historia Romana. Primera Década, Lb. III 1. los elementos propios de un nuevo mito, muy próximo al drama de la violación de Lucrecia, a saber: el jefe de los decenviros se ha prendado de Virginia, hija de un militar plebeyo, quien se encuentra en otra ciudad. Apio quiere seducir por la fuerza a la joven. Virginia se resiste, pero Apio al enterarse que la madre de ésta era una esclava, obliga a uno de sus clientes a reclamarla como propietario. Para ello debe seguirse un procedimiento ante un tribunal presidido por el propio Apio, quien, sin embargo, no puede emitir una decisión de forma inmediata, lo cual le da tiempo a Virginio, padre de Virginia, de llegar y hacerse parte en dicho juicio. Empero, una vez Virginio conoce la decisión del tribunal presidido por Apio, este decide adjudicar su hija a su cliente en calidad de esclava, a fin de librarla del oprobio, prefiere matarla con sus propias manos. El suceso genera la sublevación de la multitud y de los ejércitos: "?juntándose con el remanente de la plebe romana, se fueron al monte Sacro", 46 allí permanecieron hasta que los decenviros abdicaron su autoridad, fueron nombrados los tribunos y los cónsules, y quedó restablecida la antigua forma de gobierno.
En la narración del historiador paduano, se advierte la clara intención de mitificar los hechos ocurridos junto con sus consecuencias: revestía lo ocurrido bajo la misma atmósfera del crimen cometido contra Lucrecia, como un delito contra la moral sexual; pero también, con la muerte de Virginia por la mano de su padre, alcanzaba el nivel de crimen contra la moral pública similar al ejemplo de Bruto matando a sus hijos. De esta manera, Tito Livio parecía querer sintetizar en la figura de Virginio el símbolo de la rebelión popular, pero con el sacrificio de su hija la efectiva sacralización de los tribunos del pueblo y el derecho de apelación ante el pueblo, solemnidad ausente en la rebelión de Sicinio y motivo por el que quizás los patricios no tenían ningún temor ni reparo para querer pasarla por alto.
Con todo, Maquiavelo no se deja conmover por la extensa composición y el dramatismo empleado por el paduano; por el contrario, reduce el mito a los elementos netamente políticos suprimiendo London Journal of Research in Humanities and Social Sciences los de contenido moral. Así, en primer lugar, desplaza el foco de atención hacia el causante de los acontecimientos, es decir, Apio. Recuerda cómo se produjo su ascenso al poder a través de la formación del decenvirato resultante de "las mismas causas originarias de tiranía en casi todas las repúblicas, el gran deseo de libertad en el pueblo y el gran deseo de mando en la nobleza". 47 Maquiavelo extrae así la consecuencia de las luchas desmedidas entre patricios y plebeyos, esto es, la tiranía. Por ello se esfuerza en evidenciar qué es lo indispensable para la existencia y subsistencia de la república mixta: en primer lugar, los patricios son imprescindibles para la república, pues sin ellos la república como tal no existiría; y lo peor, si por alguna razón son eliminados, un ciudadano (como Apio) se transformará en tirano del pueblo sin que éste tenga ahora a quién acudir en demanda de auxilio. 48 Maquiavelo así enfatiza una de sus más apreciadas convicciones, consistente en considerar a una parte de los patricios, quienes por su condición de fundadores y reformadores de la república, siempre defenderán su labor como ciudadanos por encima de sus intereses particulares. 49 Pero, en segundo lugar, Maquiavelo recuerda también cómo la figura de Apio, en su condición de usurpador, cometió un grave error, pues antes de haber conseguido la tiranía se enemistó con los que lo llevaron al poder y lo podían sostener, esto es, la propia plebe: "?porque cuando se quiere ejercer el mando apelando a la violencia, preciso es tener más fuerza que los forzados a obedecer". 50 La fortaleza del pueblo radica en ser la mayoría, pero si un gobernante consigue el favor de esa multitud organizada, teniendo por enemigo a los grandes, está más seguro. Apoyándose en esa base mayoritaria el gobernante encuentra su virtud.
Mas, a Apio no lo acompaña ni la virtud ni la fortuna, ya que si fuera un tirano virtuoso, es decir, hábil y prudente, hubiese podido prescindir del apoyo del pueblo, creando una guardia personal formada por soldados extranjeros; o armando a los campesinos supliendo a los ciudadanos o se hubiera aliado a los vecinos poderosos, quienes lo hubieran apoyado en la defensa. 51 Pero Apio, no tiene en cuenta estas posibilidades, empeorando su situación al ofender a la hija de un militar plebeyo, agudizando así su distanciamiento del sector popular y su mala suerte. Maquiavelo da así las últimas pinceladas a su cuadro mítico de la república mixta, destacando el elemento fundamental sin el cual ésta no funciona: ante todo, la necesaria tensión entre plebeyos y patricios, evitando su descontrol. Un sector no puede pretender aniquilar a su enemigo; en este caso, el Senado no debe intentar acabar con los tribunos, ni la plebe con los cónsules, pues "? de [ese] modo? se cegaron, -dice Maquiavelo-y acabaron acordando tal desorden". 52 Se hace claro entonces, cómo -en la misma forma que el régimen de los reyes o el de la aristocracia -, el pueblo requiere también de un trasfondo mítico capaz de insertar y legitimar su presencia como parte fundamental del juego político. Por supuesto, el pueblo en su condición de sujeto debe tener unas características especiales, unos elementos míticos dignificantes, distintos a la forma como lo ha caracterizado la tradición, incluyendo a Tito Livio, el de ser una masa susceptible a ser movida ciegamente por las pasiones.
El florentino en este punto se distancia del relato de Tito Livio. Si el paduano enfatizaba en querer hacer aparecer la atmósfera de su relato dentro de un ambiente de indignación moral, Maquiavelo se limita a destacar en forma escueta que Virginio "la mató para liberarla", pero a causa de este hecho se originaron los "tumultos en Roma y en los ejércitos?". 53 Y de ahí deriva la rebelión que encauzó Virginio, quien sólo repite los gestos realizados por Siciano en la primera sublevación del pueblo romano, pero esta vez sin licenciar al ejército como ocurrió con su antecesor. Así lo importante para Maquiavelo es la reiteración, la coincidencia entre Virginio y Siciano, a saber: su origen plebeyo, su condición de militares y su sentimiento patrio, lo cual implica las características virtuosas que le atribuye al pueblo: "?este amor y este valor no pueden nacer en otros, sino en tus súbditos,?si se quiere conservar el poder, si se quiere mantener una república o un reino, formar el ejército con los propios súbditos?". 54 Dicho de otro modo, un pueblo armado y libre es la garantía de salvación de la patria, pues sólo el afecto les impulsa.
El interés del florentino se dirige, en esta forma, a darle un nuevo sentido al sentimiento patrio. La pasión por la república es amor, lo cual no es un defecto sino una virtud. El pueblo, representado por plebeyos como Siciano o Virginio, no actuaba en contra de la república, su deseo era ser reconocidos como parte indispensable de ella. El propio relato muestra a Virginio, encabezando el levantamiento, recibiendo a los comisionados del Senado en el monte Sacro, y en lugar de cuestionar la autoridad de estos o molestarse por las exigencias que le hacen, cae en cuenta de la inutilidad de una multitud sin jefes. 55 Toma conciencia, como lo hará Maquiavelo en toda la última parte del Libro I de los Discursos, de la única forma de conseguir el respeto del bando enemigo, esto es: estar en capacidad y disposición de negociación. Por lo tanto, a partir de este momento, se hacía indispensable y legítimo el restablecimiento de los tribunos de la plebe y la legitimación del derecho de apelación al pueblo de las decisiones de todas las autoridades junto con la condena de los decenviros.
El mito de la muerte de Virginia en manos de su padre para salvarla del oprobio, no tiene como fin promover una revolución contra la república. Por el contrario, la sublevación de Virginio al reiterar el acto de Sicinio, manifiesta no sólo la capacidad de reacción del pueblo frente a los desmanes de los grandes, sino que tal reacción no es casual. Maquiavelo le da así a los sentimientos y pasiones del pueblo el carácter de cualidad, siempre y cuando sean llevadas con moderación y canalizados positivamente por un jefe elegido entre ellos mismos. Por consiguiente, el pueblo En esta forma, la instauración de los tribunos de la plebe y la mitificación de esta institución era indispensable para que, por lo menos, una parte del pueblo interesada en participar directamente en la gestión de los asuntos públicos, cuide de la debida y justa aplicación del ejercicio del derecho de apelación en cabeza de los ciudadanos contra cualquier decisión emitida por los órganos de la república. Así, quien primero quiso hacer uso de ese derecho de apelación fue el propio Apio, pero Virginio no lo consideró digno de ese derecho. Apio reclamó en seguida exigiendo al pueblo no violar aquella norma que acababa de restablecer con tanto empeño. A pesar de su alegato, es apresado y, antes de ser juzgado, el antiguo decenviro se suicida. Maquiavelo recuerda un caso similar ocurrido en tiempos de Savonarola, el cual llevó a la república popular al desprestigio, pues mostraba con esta actuación una señal grave de corrupción. 56 La moraleja de esta omisión nos lleva a observar con claridad la pretensión de Maquiavelo, la de reconocer no sólo la imposibilidad de prescindir en el funcionamiento de la república de cualquiera de sus sujetospatricios o plebeyos -, sino la necesaria sumisión de cada uno de esos sectores a la ley.
En efecto, con el mito de la rebelión popular, Maquiavelo termina de apuntalar los pilares del marco de creencias dentro del cual se personifica y se da presencia a los actores de la vida republicana. Un cosmos político donde las clases sociales rivales como las instituciones que articulan y canalizan sus deseos e intereses, son elementos imprescindibles de un complejo engranaje galvanizado por aquellos mitos constitutivos de lo sagrado, es decir, de lo que siempre debe estar presente y no debe ser alterado en una comunidad organizada como república mixta. En ello reside el sentido y el fin de eso que E. Cassirer llamara "el mito del Estado" 57 : un artificio construido por hombres virtuosos, capaces de domeñar los caprichos de la fortuna, pero también ayudados por ella, quienes en su papel de héroes o de víctimas se han ido sacrificando por conseguir un orden social donde, según la teoría del florentino, la mayoría de los ciudadanos podrían lograr coexistir dentro de una paz dinámica y libre, al menos durante un ciclo temporal más extenso que el de cualquier otro régimen.
| Rómulo | ||||||||
| sobre su hermano. Pero recordemos: habiéndose | ||||||||
| fundado | a | partir | de | ese | crimen la | |||
| institucionalidad romana y con ello el bien | ||||||||
| común, ese homicidio ha quedado excusado como | ||||||||
| 30 | Maquiavelo, | Discursos, | Lib. I, 25, pp. 97-98. | |||||
33 Maquiavelo, Discursos, Lb. III, 2, p. 295. 32 Maquiavelo, Discursos, Lb. III, 3, p. 297. 31 H. Mansfield,
El crimen en el pensamiento político de Maquiavelo y de Tucídides. La herencia de Maquiavelo, Roberto R Aramayo , Luis José , Villacañas (eds.) (México
El mito del Estado, trad. Eduardo Nicol, México, Fondo de Cultura Económica 1974.
Les trois péchés des Tarquins, père et fils. Esquisses de mythologie 2003. Paris: Gallimard.
Someter la ocasión, domar la fortuna. La Herencia de Maquiavelo, (México
Homo ludens, trad. Eugenio Imaz 2000. Madrid, Alianza.
Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, trad. Ana Martínez Arancón 1987. Madrid, Alianza.
Maquiavelo, Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, Lib. I 2, pp.31-33.
Véase, Harvey C. Mansfield, Machiavell's Virtue, (Chicago & London, The University of Chicago Press, 1998), p. 76.
Volume 23 | Issue 4 | Compilation 1.0 © 2023 London Journals Press Cosmology and Myth in the Construction of Machiavelli's Mixed Republic
Maquiavelo, Discursos, Lb. I, Cap. 43, p. 136. posee también una forma de virtud, la cual le permite ubicarse dentro del orden político, con todo derecho, en posición de negociar y debatir en igualdad de condiciones con su contraparte, los patricios. Y gracias al empleo de esa habilidad, un pueblo libre, como el romano, tiene la función política de vigilar a los poderosos y la obligación moral de velar por la conservación de la libertad y el acrecentamiento de los medios para alcanzar el beneficio común.